Ha vuelto a pasar. De nuevo mi facultad, la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la UCM, se ha convertido en un espacio donde los totalitarios han podido campar a sus anchas impidiendo que los que no pensamos como ellos podamos expresarnos con libertad y sin temor. He aguantado, a lo largo de este año allí insultos, mofas, abucheos y falta de libertad, muchas veces incluso con la aquiescencia de los órganos de gobierno y profesores. Hoy han dado un paso más allá.
Se trataba de una conferencia-debate que un grupo de estudiantes ha celebrado, no sin esfuerzo, llamada “Catalunya en el Reino de España”, donde había un dirigente de cada una de las fuerzas políticas con representación en el Parlament de Catalunya. Los abanderados de “la libertad” (la suya), han insultado a varios de los ponentes a su llegada, por lo que el organizador ha tenido que pedir perdón al comenzar el acto. Aún así, el debate se ha podido desarrollar con normalidad, al parecer, porque les han impedido el acceso. No es poca cosa entre esas paredes.
El problema ha llegado cuando ha terminado el acto y hemos abandonado la sala. En ese momento me he acercado a uno de los invitados, al representante de Ciutadans, que además es diputado de esta formación en el Parlament, para presentarme e intercambiar impresiones. Todo se estaba desarrollando con excelente normalidad y educación e, incluso, nos hemos echado unas risas. Claro que, los defensores de “la libertad” estaban al acecho y han puesto los medios suficientes para que terminase dicha armonia. Se han acercado a nosotros para, con un tono bastante amenazante, increpar e insultar al diputado. A veces pienso que debería callarme, de hecho incluso reconozco las situaciones en las que debería hacerlo, pero hay una fuerza superior que me lo impide en la mayoría de los casos. Hoy ha sido uno de ellos.
Aunque es cierto que el increpado se ha defendido con holgura, no he podido evitar decirles a los abanderados de “la libertad”, que estaban en plena actuación, que es vergonzoso que cada vez que venga alguien a darnos una charla o a contarnos sus experiencias y opiniones tengamos que aguantar los tremendos atentados contra la libertad de expresión que ellos despliegan y que es intolerable que muchos no podamos decir lo que opinamos con normalidad en el sitio donde más horas pasamos al día, donde estudiamos y donde nos formamos. Evidentemente, como no están muy acostumbrados a que nadie perturbe su bienestar dentro del edificio que tienen tomado, el grupo, bien repartido alrededor de nosotros, ha empezado a gritarme, abuchearme y a mofarse. Incluso uno de ellos se ha aventurado a decirme lo que hago y lo que no tengo que hacer. De nuevo, la fuerza interna superior ha impedido que me calle y le he replicado que no me conoce de nada y que son un cáncer en la facultad. Todo esto me ha valido la persecución por los pasillos hasta el hall, donde uno de ellos se me ha encarado violentamente, amenazándome con que “igual me da una hostia” y con que “tenga cuidado”. Si se ha atrevido a hacer esto en plena dependencia abierta y transitada, me pregunto qué no habría hecho si me llega a pillar solo, fuera de ahí, sin nadie que lo parase.
En definitiva, me apena y horroriza profundamente no solo ya que muchos de nosotros no podamos expresarnos con libertad y escuchar a quien nos apetezca, sino que además tengamos que ir con temor por nuestro lugar de trabajo. Si lo que buscan es la resignación de los que no pensamos igual que ellos, siento decir, a pesar de algunos de mis compañeros y de mi familia, que lo pasan realmente mal con estas situaciones, que la mía no la van a tener. Ayer faltaba la amenaza, hoy solo la agresión.